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viernes, 1 de enero de 2010
1999
Quisiera poder comprar, en un negocio que no existe, ese espejito donde podría espiar mi futuro. Pero ese espejito tampoco existe. Y me pregunto, entonces ¿cómo he de acallar las voces de mi alma? Esas voces que imploran con angustia que les dé a conocer los caminos que puedo tomar. Son las voces de la incertidumbre. Son voces que no callarán jamás, simplemente porque mi rumbo es impredecible. Sólo puedo limitarme a caminar, seguir siempre hacia delante. Los giros, las curvas, los recodos y las encrucijadas hacen de mi vida algo interesante y lleno de sentido. No puedo renegar de ello. A pesar de la angustia. Me gustan los caminitos difíciles, empedrados, pantanosos. No sigo las rutas limpias y odio pagar peaje. Pagar el precio estipulado para que “otros” señalen mi camino. Prefiero construír mi propio destino. De todas formas, mis caminitos informales también tienen su precio. Pago con mis esfuerzos, con mi sangre y mis sudores. Pago con mis tropiezos, mi cansancio y mi soledad. Mi soledad. Son muy pocos los seres que encuentro por estos pagos. La inmensa mayoría transita en sus autos cero kilómetro por rutas asépticas. En estos rumbos montañosos, los pocos seres que se atreven van a pie o en viejos cascachos que han hecho historia en sus vidas. A veces, muy pocas veces, encuentro alguien en estos caminos. Seres solitarios como yo. Gentes que cargan un pesado baúl de recuerdos como el mayor de los tesoros. Por momentos, nuestras miradas pueden cruzarse y hermanarse. Ajustamos el ritmo de nuestros pasos y quizás hasta tropezamos juntos en algún rincón escarpado. Nos sabemos diferentes. Diferentes al mundo. Bicho raros en la implacable ciudad que devora existencias. Nosotros nos sabemos a salvo. Yo lo encontré en una de mis curvas peligrosas, cuando queria desencontrarme de todo. Quise jugar una corta carrerita, pero terminé regalándole lo más puro y valioso que poseo: mis palabras. Tomé el sendero que me llevaría hasta su alma y constaté que todos los pasos estaban cerrados. Tiré piedritas a sus ojos, para despertarlo, pero dormía sueños de dolores recientes. Sus ojos estaban ciegos para mí. Y yo que creía que sólo jugaba, descubrí que su risa se me había pegado en la piel. Esa misma risa tímida me recuerda, a cada paso que doy, que vale la pena rumbear los caminos de montañas y cielos estrellados. Hay otros iguales a mí. Ya no estaré sola. Nunca más, aunque pierda su rastro y el sabor de sus besos. Valió la pena llegar hasta aquí. Siempre vale la pena llegar a algún lado. Aunque ahora, para continuar, deba llevar conmigo el dulce dolor de un pequeño raspón en algún sitio de mi alma.
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