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viernes, 1 de enero de 2010
PEQUEÑAS DELICIAS DE LA VIDA MILONGUERA
Finaliza la tanda. Me conduce suavemente hacia el borde de la pista. Allí nos separamos cada cual a su mesa, no sin antes pronunciar el “Muchas gracias” que establece el protocolo. Tomo asiento nuevamente entre mis amigos. Mi respiración parece haber quedado en suspenso… con una lentitud espantosa voy regresando del espacio de su abrazo, pero algo me mantiene prendida a él y no consigo integrarme otra vez al grupo. Mi mirada se pierde en las figuras que ya están marcando los pies al iniciar la nueva tanda. Alguien me dirige un comentario y no respondo. La emoción que anida en mi pecho se resiste a desaparecer y permanece aún entre sus brazos, sosteniéndose en el recuerdo de los recientes tangos bailados. Y comienzo a revivir esos instantes una y otra vez para no perderlos. Su brazo derecho rodeando mi torso de manera segura y contenedora, sin apretar, sin soltar, construyendo el espacio de nuestra efímera intimidad. Acerco mi rostro al suyo, en un contacto casi imperceptible que convierte su pecho en la exquisita prisión del mío. Su mano izquierda toma la mía y se extiende hacia el costado. Los dedos no se cierran, simplemente nuestras palmas entran en sutil contacto. Cedo mi voluntad al hombre que decide hacia dónde vamos durante tres minutos infinitos. Así, protegida, acunada, conducida, sostenida, puedo cerrar mis ojos y volar con la música que flota en el ambiente. El tango nos conecta, nos une, nos sincroniza. Mis pasos son suyos. Siento la levedad de nuestros cuerpos girando y bailando. Hasta que finaliza la tanda.Intento escapar de estas emociones. Pensar en otra cosa. Escuchar los nuevos tangos que suenan ahora. Un frío casi imperceptible recorre mi espalda desde la cintura hasta la nuca. Con dolor me voy despidiendo de las emociones atesoradas hace instantes. Poco a poco regreso desde su abrazo hacia mí misma. Es un duelo interminable. Cada vez que bailo con él es un duelo... se me queda pegado en el cuerpo. Como si esa conexión necesaria para bailar fuese tan fuerte que se prende con garras en el alma. No es igual que con otros. Esto sólo sucede con unos pocos. Debería aprender y acostumbrarme, pero mi tendencia a la melancolía lo disfruta. Después de todo, son sólo unos instantes, hasta que poco a poco me despojo del dolor y la agonía. Entonces, ya puedo comentar con el resto del grupo, si la orquesta que suena me gusta.Y vuelvo a observar a mi alrededor, buscando el próximo abrazo, el próximo duelo.
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